sábado, 31 de octubre de 2009

El Cristo muerto


"El Cristo muerto", del alemán Hans Holbein, hace hablar al personaje de “El idiota”, de Fedor Dostoievski así: "frente a este cuadro uno no tiene otro camino que perder la fe". Si uno indaga en biografías sobre el gran escritor ruso, sabrá que ese cuadro fue una obsesión real del autor.Dostoievski lo menciona exorcizándose por medio de sus personajes, pero conocemos que verdaderamente tuvo esos planteos cuando se paró a pocos centímetros de él.Se trata de un óleo donde Cristo yace luego de ser bajado de la cruz. Y tiene un formato transgresor para la época (1521). Está pintado sobre una tabla de 30,5 centímetros por 2 metros. Un tamaño natural impactante. Pero mucho más lo es en sus detalles. Ojos y bocas abiertos, como epicentros de una oscuridad que proviene del infinito. Y un cuerpo demacrado hasta lo imposible.La mismísima esposa de Dostoievski, Anna Grigorievna, lo cuenta así en su diario: "Camino de Ginebra, nos detuvimos un día en Basilea para visitar el museo donde se halla un cuadro del que habían hablado a mi marido. Es un lienzo de Holbein, en el que se ve a Cristo, que acaba de soportar un martirio sobrehumano, descendido de la cruz y descomponiéndose... Demasiado débil para mirarlo más tiempo, me fui a otra sala... Cuando volví, mi marido estaba aún allí, en el mismo sitio, encadenado. Su rostro emocionado tenía esa expresión de pánico que ya le había notado muy a menudo al comienzo de sus ataques epilépticos".¿Qué posibilidades tenía varios años atrás un lector latinoamericano, embebido en las palabras de Dostoievski, de conocer esa figura que había estremecido el alma del escritor? Un alma que para estremecerse necesitaba mucho más que cualquiera de sus contemporáneos. Imaginar un viaje a ese remoto museo era el consuelo. Pero con Internet, uno puede llegar a una reproducción de alta definición de ese cuadro. Recorrer con asombro y mouse tembloroso una pintura que no cabe en el cuadrado de la pantalla, porque se presenta de manera horizontal. Y tener, en una mínima proporción, el golpe de efecto del autor de Crimen y Castigo.
Al Cristo muerto de Holbein
Por Santiago Dabove

Elegía para Él y parte de la humanidad
En el reino de las cosas caducas,
un ojo sin vida parece mirar la luna;
el del Cristo muerto de Hölbein.
Signo terrestre, no del paraíso.
La Luna le envíaun rayo frío de luz muerta
como un puntero que muestra la corrupción.
Ojos acabados, luz fúnebre.
Planeta y hombre,Dos Muertos.
El mundo ya no tiene "testigos";
porque "testigo" es sólo uno, el "Uno",pese a sus muchas copias.
El mundo tiene la edad de cada viviente.
Los sentidos del hombre, ya anulados,borran todo al borrarse.
Hölbein deicida,demoraste el pincel,hiciste imposible la resurrección.
Cristo ya no puedelevantarse hacia el padre.
La tierra lo retiene,ni un dedo podrá moverdesde el montón confuso.
Tu pincel fijó ese ojo último,que la Luna muestracon su puntero de luz mortuoria.

sábado, 24 de octubre de 2009

Ante el dolor de los demas


Trece soldados rusos en aparatosos uniformes invernales y botas altas están esparcidos en una pendiente hoyada, con salpicaduras de sangre y surcada con piedras sueltas y desperdicios de la guerra: casquillos, metal retorcido, la bota que calza una pantorrilla…,la escena podría ser la versión revisada del final de J´acusse de Gance, cuando los soldados de la primera guerra mundial se alzan de sus tumbas, pero estos reclutas rusos, sacrificado en la tardía insensatez de la propia guerra colonial de la Unión Soviética, nunca fueron sepultados. Algunos todavía llevan puesto el casco. La cabeza de una figura hincada de rodillas, que habla animadamente, espumajea sesos rojos. El ambiente es cálido, cordial y fraterno. Algunos descansan tendidos, apoyados en un codo, o están sentados y charlan, exponiendo el cráneo abierto y las manos destrozadas. Uno se inclina sobre otro que yace de costado como dormido, tal vez instándolo a que se levante. Tres individuos están retozando; uno con una enorme herida en la barriga esta montado sobre otro, que yace boca abajo, que a su vez se ríe del tercero que de rodillas juguetea frente a su rostro con un jirón de carne. Un soldado, con casco, sin pierna, se ha vuelto con una vivaz sonrisa en el rostro hacia un camarada algo distante. Mas abajo hay dos que no parecen muy dispuestos a resucitar y yacen supinos, con las cabezas ensangrentadas que cuelgan del declive rocoso.
Epígrafe de esta image es: Soldados muertos conversan, Jeff Wall, 1992. Fotografía cinematográfica. Cibacrom 250 cm x 400 cm aprox.
Fragmento del texto “ante el dolor de los demás” de Susan Sontang

sábado, 17 de octubre de 2009

Ese objeto del deseo


La imagen nos muestra una vista desde el interior de un escaparate de una tienda de arte. En el exterior, una pareja de mediana edad sobre el margen derecho observa las obras exhibidas. Detrás la fachada de un edificio con un cartel sobre el que podemos leer “teinturerie”. El cuadro es perfecto, la mujer abstraída mira hacia el margen inferior inmediatamente por debajo de su rostro una superficie rectangular, que suponemos es una obra. El hombre a su lado apenas entrando en cuadro, mientras la sostiene del brazo, disimuladamente levanta su mirada para clavarla en la imagen de la pintura que se encuentra sobre la izquierda, justo a la altura de sus ojos. La imagen enmarcada, en posición oblicua nos deja ver a una mujer cuyo cuerpo desnudo y de espaldas se ofrece al deseo de los paseantes. Detrás, por la vereda de enfrente un joven atraviesa el cuadro.
El epígrafe de esta imagen es: Una mirada oblicua, Paris, 1948. Robert Doisneau

sábado, 3 de octubre de 2009

Un texto


Varias personas de mi circulo, al pasar azarosamente por delante de esta espesura, que reposaba en mi mesa de trabajo, dijeron: “¡Qué bello!”…
…pero lo que me arrebata no es un espectáculo, una escena, una “vista”, sino una materia de follaje, un delicado tejido: la sustancia es a la vez frondosa y ligera, desordenada y centrada: esas frondosidades verticales sin aire, sin cielo, inexplicablemente, me dan que respirar, me elevan el “alma” (habríamos dicho hace cien años: pero el alma también es cuerpo), y, sin embargo, también quiero hundirme en lo oscuro de la tierra: en resumen, un muaré de intensidades.
El epígrafe de esta fotografía podría ser: Daniel Boudinet por Roland Barthes. (Fragmento extraído del texto: Sobre doce fotografías de Daniel Boudinet, por Roland Barthes).